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La adolescencia...

Hoy me miro de nuevo y no lo creo. Tengo quince años, las muñecas marcadas, el gesto harto y la rabia en el cuerpo. Me miro al espejo y no sonrió, no me gusta lo que veo, no lo quiero y si pudiera lo regalaría. El mundo me dice que estoy loca, que las princesas no visten de negro ni hacen gestos obscenos ¿Y quién les dijo a ellos que quiero ser princesa? En el tercer hospital que mi mamá me obliga a visitar me repiten la misma palabra “psiquiatra” “psicólogo”, el mundo cree que la solución es hablar con un desconocido sobre como soy y siempre seré, que  poco entienden los adultos. El mal de la juventud parece haberme afectado y los cuentos que me creí de chica no tuvieron efecto en el principio de la adultez. Los días pasan y así sigo, la incomprendida, la que no encaja ni tampoco quiere, la que mira el mundo pasar y no encuentra su lugar. Aunque el tiempo paso y las muñecas y el espejo parecieron haberse calmado, siempre vuelvo a ese sitio, caigo en viejos vicios y angustias que parecían haberse caducado.
Siempre repito a viva voz que prefiero el invierno y los días tristes ¿Sera que ya me acostumbre a ellos? ¿O que ellos fueron marginados por marginar el falso optimismo con el que vive la sociedad?  El sol, el cielo repleto de vida y yo  nunca fuimos amigos, nunca nos logramos identificar ni estar juntos mucho tiempo. ¿Sera por eso que amo todo lo que está un poco roto? ¿Sera por eso que hace años intento recomponer y arreglar piezas que ya se perdieron? Una parte de mí siempre será oscura y fría como una cruda tarde de invierno,  siempre amara pedacitos rotos e imposibles de encontrar, amara aquellos amantes de la poesía y de la música antigua. Amara esos días de pesimismo y agotamiento, aquellos que en definitiva, me hicieron ser y decidir quién soy.

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